Aquí me tienen, escribiendo después de mucho
tiempo. Esta vez, intentando describir esos lazos especiales que creamos con alguien, aquellos que
van más allá de una amistad, pero que no llegan a convertirse en una relación
de pareja. Es un tipo de amor con un matiz diferente. Es algo que, ante los ojos
de los demás, es solo un "casi" que no llega a convertirse en algo
importante, pero que, para nuestro corazón, resulta un todo, eterno y suficiente
en sí mismo.
Es la segunda vez que escribo haciendo
referencia a una ciudad en particular. La primera fue con Ciudad de México y
ahora lo hago con Medellín. El viaje a esta ciudad fue un viaje a mi interior, un encuentro no solo con bellezas y maravillas de este lugar encantador,
sino, sobre todo, un encuentro con emociones muy profundas, abrazos
interminables, reflexiones conmovedoras y besos apasionantes.
Este viaje me hizo entender que hay amistades
que son como semillas que fueron plantadas por Dios en nuestra vida y que
esperan su tiempo perfecto para florecer, como lo hace una flor en primavera
luego de un largo y crudo invierno.
Lo curioso es que se trata de amistades
que te "confunden" porque hacen latir tu corazón de una manera
extraña, pero, a su vez, muy familiar y conocida. Ese latido que experimentamos
cuando nos enamoramos. Uno sabe que no se trata de un amor (o quizás sí), pero
tampoco de una amistad convencional. No sé cómo describirlo y tampoco deseo
encasillarlo en un concepto tradicional, únicamente para que los demás lo
entiendan y/o acepten. Este sentimiento es solo mío (nuestro) y sé (sabemos) lo
que representa y significa.
Medellín me sorprendió no solo con su
pintoresca belleza, su dulce y maravillosa gente, sus lugares llenos de hechizo
mágico y de encanto, sino también a través de conversaciones profundas -con ese
"más que amigo, pero casi amor"- que terminaron convirtiéndose en
testimonios y promesas de Dios cumplidas en mi vida. Conversaciones largas, de
alto impacto emocional y de grueso calibre espiritual. Esas conversaciones que
te conmueven, que te inspiran y que te hacen creer, además de crecer.
Medellín y esas conversaciones especiales
-con esta persona sin etiqueta- me hicieron reflexionar sobre la vida, la
familia, el amor de pareja, la amistad, los proyectos, las ilusiones y los
sueños, las oportunidades y los planes perfectos de Dios.
Medellín hizo brillar una hermosa luz que ya
llevaba cierto tiempo encendiéndose dentro de mí, me conectó con energías
divinas de alta frecuencia y vibración, como el amor, la compasión, la
esperanza, la paz, la sensibilidad, la solidaridad y la gratitud.
Medellín me hizo reír, pero también me conmovió
hasta las lágrimas, me permitió compartir testimonios, pero también conocer
hermosas y nuevas historias de vida, reavivó mi capacidad de asombrarme como un
niño ante la belleza de la creación, los milagros de Dios y sus manifestaciones
de amor en cada detalle de mi existencia.
Medellín me hizo valorar lo que tengo en este
momento, confirmó las palabras que Dios escribió en el plan perfecto que diseñó
para mi vida. Me hizo redescubrir lo sanador que puede ser un abrazo, me
permitió sembrar semillas de esperanza en Colombia y traer frutos de fe en la
maleta de mi corazón.
Medellín me vivió y yo la viví a ella, fugaz,
pero intensamente. Esta ciudad me encontró y conoció en esta nueva etapa de mi
vida, con más claridad, dirección y propósito. Nos conocimos en los
tiempos de Dios.
Medellín me robó el aliento y se hizo un lugar
en mi corazón y pensamientos. Se quedó con una parte de mí y yo me traje una
parte de ella. Medellín me susurró a un oído que "un amigo vale más que
mil amores", mientras que Dios me dijo en el otro que "la amistad es
un alma que habita en dos cuerpos y un corazón que habita en dos almas
enamoradas".
No me preocupé por entenderlo o descifrarlo, me
limité a vivirlo y experimentarlo.
Gracias al Creador de tanta belleza, al Hacedor
de tantos milagros que puso en el mapa de mi vida una visita a la encantadora
Medellín. Y de lo que sí estoy seguro es de que una foto vale más que mil palabras:






