De dónde viene tanta fortaleza nos
preguntamos cuando vemos a ciertas personas que, con la historia de sus vidas,
nos provocan admiración y respeto.
Sin duda, te habrás cruzado, alguna vez,
con estas personas, cuyas historias nos motivan y endulzan con un sabor a
esperanza.
Estas personas han transformado sus más
profundas tristezas en aprendizaje, en valentía, en energía, en ejemplo de
lucha, en testimonio, pero para llegar hasta ahí primero tuvieron que conocer
los peores precipicios, caminaron en una densa oscuridad, el dolor se apoderó
de sus almas y de sus huesos, asfixió sus pulmones y destrozó sus corazones.
Esas personas conocieron el límite de sus
límites en las condiciones más adversas, experimentaron pérdidas
indescriptibles. La vida tatuó su piel de heridas y cicatrices.
Esa es la otra cara de sus actuales
fortalezas, las mismas que se forjaron en el silencio de sus más oscuras
debilidades. Esa es la parte que la mayoría desconoce. No saben que su brillo
se gestó a partir de las sombras, que la cálida compañía que hoy brindan estas
personas viene de los momentos en los que ellas más solas y abandonadas se
sintieron.
Desconocen que la fe de esta gente se
formó a partir de las crisis espirituales más grandes, que su dulzura proviene
de los tragos más amargos que la vida les sirvió y que sus sonrisas más
radiantes tienen lágrimas en su ADN. Poco se sabe del cimiento de dolor que hoy
sostiene tanta fuente de inspiración.
Personas que se convirtieron en héroes y
heroínas sin querer, sin pedirlo y sin saberlo. La vida las escogió, pero ellas
eligieron qué hacer de y en qué transformar su dolor. Florecieron en una grieta
de asfalto, sin nadie que las regara, esperando alguna gota del cielo. Se
nutrieron de los días de sol y sus raíces se formaron a partir de las pocas, o
casi nulas, nutrientes que les ofrecía un suelo árido.
Estas personas se volvieron resilientes
sin siquiera ser conscientes. No habrán transformado la materia como parte de
un proceso científico, pero sí la tristeza que corría incluso a través de sus
arterias. Murieron en vida, pero resucitaron enseguida. Las eligió el dolor en
muchas instancias, pero ellas decidieron qué hacer de sus circunstancias.
Crearon sin ser dioses y transformaron sin
ser químicos. Estas personas simplemente decidieron seguir. Vieron posibilidades
infinitas donde no había opciones. Nos mostraron, sin proponérselo, que la
muerte tiene otro rostro que se llama vida.
Esas personas son MAGIA y ni ellas mismas
lo saben. Son flores del asfalto que eligieron crear su propio jardín.
Dedicado a Patricia Fretes y Cynthia Llanes

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