Hubo
un momento en mi vida en el que sentía muchísima ansiedad cada vez
que llegaba el domingo por la noche y sabía que al día siguiente tenía que
empezar una nueva semana laboral. Dormía inquieto, me despertaba con una
sensación de incomodidad, continuaba así gran parte del día y el alivio solo
llegaba cuando iba de regreso a casa.
Ni
hablar de los últimos días de cada vacación que me tomaba. Empezaba a sentir
agitación y cierta tristeza al saber que debía regresar a trabajar. Por otro
lado, hubo momentos en los que mi cuerpo estaba tenso cuando iba a un encuentro
con determinadas personas, me sentía incómodo y extraño, con una sensación de
no pertenencia.
Asimismo,
hubo relaciones de amigos, familiares y parejas, en las que dejé de ser feliz
después de que hayan iniciado, me sentía intranquilo, con miedo, preocupado y
agotado (física y emocionalmente).
Y
así la lista podría seguir. Lo que quiero significar es que lo que tuvieron en
común todos esos momentos, es que en ellos mi cuerpo intentó decirme a
gritos que no quería estar en ese trabajo, ir a algunos ambientes o compartir
con ciertas personas. Me decía que ese era exactamente el lugar, la persona o
la relación en la que NO debía estar.
Pero
yo seguí y obvié los mensajes de mi cuerpo. Pasé a "acostumbrarme" a
esas señales sin prestarles atención. Y fue peor porque mis emociones empezaron
a enfermarse y mi paz comenzó a quebrantarse.
Me
tomó años escuchar, interpretar y respetar lo que mi cuerpo tenía para decirme.
Él siempre tuvo claro dónde sí y dónde no, cuándo, cómo y con quién.
Por
supuesto, no me estoy refiriendo a las reacciones naturales de nuestro cuerpo
ante el cansancio, nuevos comienzos y situaciones especiales. Estoy hablando de
cuando esas señales se convierten en patrones recurrentes, directamente
vinculados a personas, momentos, lugares o circunstancias.
Por
fortuna, hoy me conecto más fácilmente con el ritmo que tienen los latidos de
mi corazón, con el sudor de mis manos, con mi forma de respirar, con el nivel
de agitación o ansiedad que puedo experimentar, con la temperatura de mi
cuerpo, con mis lágrimas y las expresiones involuntarias de mi rostro.
El
cuerpo sabe y, desde su sabiduría y perfección, tiene mucho que decirnos.
Dejalo hablar, prestale atención y analizá el origen de sus señales.
Así
es que, a partir de ahora, revisá, por si acaso, la carpeta de spam o la papelera
de reciclaje de tu casilla de correo electrónico biológico. Son lugares a los
que pudiste haber enviado varios mensajes que, en realidad, tuvieron que ser clasificados como urgentes e importantes.

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