Cualquier día es especial para hablar del amor.
Definitivamente él
es esa fuerza incontrolable que se abre camino a su paso, es el bálsamo sanador
que cura las heridas del alma, es el soplo de esperanza que revitaliza los latidos
del corazón y el ingrediente mágico que inexplicablemente obra milagros en el
Universo. Es la Voluntad del Padre convertida en sentimiento, en gracia,
misericordia y gratitud.
Y no hablo solo del
amor de pareja, aquél que nos hace suspirar y nos deja sin aliento, hablo del
amor Divino, el amor de la familia, el amor de amigos, el amor que nos permite
actuar con nobleza y solidaridad cuando nos cruzamos con personas completamente
desconocidas.
El amor no pregunta
si puede llegar, simplemente invade y se instala súbitamente en cada corazón
que encuentra vacío, pero lo hace cuando sabe que dicho corazón está preparado
para recibirlo y multiplicarlo. Ahora bien, ¿qué es lo que prepara a nuestros
corazones para la llegada inesperada y cálida de ese amor?
Pues, ciertamente,
las pruebas más duras, los desafíos más complicados, los sufrimientos más
intensos, las pérdidas más profundas y las lágrimas más dolorosas constituyen
el campo de entrenamiento y de preparación del alma y del corazón para la
llegada de la fuerza transformadora del amor.
Solamente ante
escenarios tan hostiles como ésos es cuando volvemos a comprender el
significado de la humildad y del perdón y abandonamos la arrogancia, la
soberbia, la envidia, los deseos de venganza y la rabia para cederle paso al
amor.
El amor no puede
coexistir con las emociones más negativas del ser humano en un mismo corazón.
El amor renueva, enciende, limpia, sana, cura, alivia, protege y neutraliza las
vibraciones bajas. El amor nos permite ver desde la perspectiva de la fe, nos
regala esperanza, nos hace pacientes, nos convierte en seres humanos más
tolerantes y bondadosos, más empáticos, más sinceros y más humildes.
¿Pero si ya hemos
experimentado la fuerza del amor, entonces por qué volvemos a conectarnos con
emociones negativas muchas veces? Pues, porque somos humanos y porque solo a
través del error podemos conocer el perdón de Dios, el verdadero amor y su
infinita misericordia. Pero eso sí, el corazón que ya fue tocado y transformado
por el amor, sabrá recordarlo, sabrá practicarlo e intentará multiplicarlo y
cultivarlo todos los días, pese a las circunstancias difíciles de la vida,
porque quien sintió amor alguna vez, recibió a Dios en su corazón.
¿Y finalmente, cómo
cultivamos ese amor, una vez que lo hemos experimentado? Pues, no es fácil,
pero sí muy gratificante, porque lo hacemos cada vez que agachamos la cabeza
reconociendo un error, cuando humildemente pedimos disculpas, cuando permitimos
que el dolor ajeno nos conmueva, cuando rompemos las cadenas del egoísmo para
olvidarnos de nosotros y empezar a ayudar a quienes más lo necesitan, cuando
valoramos la vida de nuestra familia y de nuestros seres queridos, cuando
predicamos con el ejemplo, cuando respetamos a quienes amamos y les recordamos
nuestro afecto con detalles simples cargados de sentimiento, cuando regalamos
una sonrisa en lugar de una queja y sobre todo, cuando sabemos ser agradecidos
por todo lo que tenemos. La gratitud y el amor son parientes muy cercanos y, de
hecho, ellos caminan por la vida de la mano.
Deja que tu corazón
se prepare cada día para este tipo de amor. Y ya sabes, cuando lo experimentes,
abrázalo, respíralo, siéntelo, vívelo, agradécelo, multiplícalo, cultívalo y
jamás, pero jamás, te olvides de compartirlo, pásalo a quienes tienes a tu
lado…deja que esa energía que te tocó alguna vez a ti (y que en realidad es la
mano de Dios) también obre milagros en otras vidas que necesitan ver la luz.
Hoy el amor se
celebra, se honra y se comparte. Espero que todos quedemos embriagados de amor!

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