Cada vez que voy a Paraguay soy consciente de que
tengo fecha de caducidad, es decir, mi estadía la tiene. Lo que nunca caduca
son los sentimientos y afectos que me mantienen unido a esa tierra.
Si nuestra permanencia en cada lugar y espacio tiene
un horizonte de tiempo definido, ¿por qué nos guardamos tantas emociones en el
corazón?, ¿por qué nos cuesta tanto expresar lo que sentimos? ¿Será
por miedo a que no nos correspondan o por temor a vernos vulnerables? ¿se trata
quizás de protegernos y evitarnos un dolor o una decepción?
En consecuencia, la
siguiente pregunta es ¿vale la pena viajar por la vida cargando una mochila de
silencios acumulados, de palabras nunca dichas, de emociones enterradas que no
hemos dejado salir a la luz, de amores vividos, una y otra vez, pero solo en
nuestras mentes por no atrevernos a hacerlos realidad, de disculpas jamás
expresadas y de intentos nunca probados?
No lo sé, todos podemos
tener una respuesta diferente a esa pregunta, pero lo importante es que nos
deje tranquilos y en paz cada noche al acostarnos. En particular, he llevado
varias maletas pesadas por mucho tiempo en mi vida y he decidido que ésta ya no
será una de ellas. Ahora bien, no espero que por abrir mi corazón el de los
demás también se abra como consecuencia ¨natural¨ o automática. Debemos
entender que eso puede o no ocurrir. Por lo tanto, se trata de disfrutar de
aquello que nosotros podemos brindar o expresar porque solamente sobre eso
tenemos control (sin expectativas de una devolución o reciprocidad). Lo que los
demás decidan dar o expresar es un asunto que les concierne exclusivamente a
ellos. Al final del día, damos lo que podemos, lo que queremos, lo que
aprendimos, lo que tenemos. Consecuentemente, hoy también decido valorar,
apreciar y disfrutar de lo que los demás están en capacidad de ofrecer desde su
experiencia y limitaciones.
Intento no guardar ni
acumular, solo expresar y disfrutar. Por supuesto que en muchas ocasiones habrá
miedos, dudas, orgullo, dolor, expectativa, pero a esos ingredientes hay que
saberlos gestionar. De hecho, si vamos a ponerle fecha de caducidad a algo, que
sea a esas emociones que nos inmovilizan o detienen y que, en el mejor de los
casos, duren lo menos posible, pues no nos engañemos: la llama de la vida puede
apagarse o extinguirse incluso antes de la fecha de vencimiento que decidimos
ponerles a esas emociones.
__INTENTEMOS EXPRESAR LO
QUE SENTIMOS, PUES DE LO CONTRARIO, MUCHOS DE ESOS SILENCIOS NOS CAUSARÁN RUIDO
TODA LA VIDA__

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