"Diferencia". Dícese de la cualidad por la
cual una cosa o persona se distingue de otra, según el significado que ofrece
el diccionario de la Real Academia Española.
Y así es, las diferencias constituyen el sello y la
firma estampada de Dios al pie de su creación. Es aquello que Él usó sabiamente
y de manera perfecta para hacernos únicos e irrepetibles a cada uno de
nosotros.
Y entonces, si ser diferentes es lo que nos distingue
y hace especiales, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar con amor y paciencia esas
diferencias? Qué raros somos los seres humanos que estamos dispuestos a perder
a un amigo, a un familiar o incluso a un amor por esas diferencias.
Las mayores oportunidades de crecimiento están
precisamente en aquello que nos distingue. ¿Por qué condenar las diferencias?
Imaginemos por un segundo que el mundo estuviera lleno de personas que pensaran
y actuaran de manera idéntica a nosotros. ¿Qué sentido tendría? Qué aburrido
sería. Yo sé, es agradable coincidir en gustos, expectativas, estilos
musicales, géneros de películas y libros, es emocionante encontrar personas con
las que nos conectamos por esas similitudes y coincidencias. Es cómodo y
placentero encontrar gente que refuerce nuestros puntos de vista y los secunden
siempre porque piensan "igual" que nosotros.
Pero ¿saben qué? Para romper las barreras del
conocimiento y lograr un verdadero crecimiento, una auténtica evolución, muchas
veces precisamos de alguien que contraste nuestras maneras de ver el mundo,
alguien que nos ayude a comprender que existe otra perspectiva, otro ángulo de
análisis. Y qué lindo cuando en ese momento, en lugar de rebelarnos ante las
diferencias, las abrazamos y dejamos que nos complementen, que nos hagan
mejores personas y humanos y que nos permitan construir mejores equipos. En la
diversidad está la mayor riqueza y no en aquello que nos hace
"idénticos".
Solo lo distinto se abre camino borrando estándares,
paradigmas, tabúes y falsas creencias para luego dibujar nuevas fronteras y
horizontes en nuestras mentes, almas y corazones. De las similitudes y
coincidencias se disfrutan, de las diferencias nos enriquecemos, crecemos y
aprendemos.
Experimentamos nuevos estados y niveles de conciencia
cuando no nos cerramos a lo diferente. Se evoluciona a partir del cambio y de
la modificación y ellos son parientes cercanos de lo diferente.
No perdamos a un amigo, a un vecino, a un colega, a un
familiar o a la persona que amamos, simplemente, porque a veces no entendemos
nuestras diferencias. Comprendamos que el caso no es entenderse siempre, sino
más bien, aceptarse, como dice una conocida canción. Las diferencias nos
invitan a hacer un ejercicio de tolerancia y de paciencia cada día, pero sobre
todo, nos invitan a empatizar, a intentar ponernos en el lugar del otro, quien,
al igual que nosotros, viaja por la vida con una mochila de sueños, miedos,
expectativas y experiencias del pasado.
Veamos con el corazón y comprendamos que basta con
parecernos en lo fundamental y tener una sola cosa en común que nos una: el
amor que sentimos y sobre el cual hemos edificado nuestras relaciones con
otros.
¿No es eso más que suficiente? Para mí lo es. Hoy celebro y bendigo las diferencias y abro mi corazón a ellas para que me transformen y me conviertan en un agente positivo del cambio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario